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Todo estaba en su sitio al fin, tal como tenía que ser. O como no debía ser. Casi podía saborear su victoria. Pero todo era frágil, y eso los espíritus lo sabían. Por eso su eterno enemigo ardía en ira desde su plano, y las ridículas deidades que dejaron atrás el mundo físico de pronto volvían sus ojos a los mortales. ¿Y para qué? Para lamentarse de lo inútiles que fueron, porque no pudieron prevenir eso. Así como tampoco podrían detenerla. La Bruja sabía como funcionaban los dos mundos. Los espíritus, el plano físico. Uno se regía por un orden natural que solo fluía. El segundo, por el tiempo. Ellos no entendían el tiempo, la Bruja sí. Ella que había estado en ambos lados, que aún podía manejarse entre los mundos. Por eso podía mover sus hilos con habilidad. La venganza, dicen los humanos, es un plato que se come frío. Y ella esperó largos años para esa cena de gala.